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JUE 30 JUN 2005
Se ha escrito mucho sobre la urgente necesidad de impulsar la investigación científica en nuestro país, responsabilidad primera de las instituciones dedicadas a esta tarea.
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Tal es el caso de la universidad como institución social, escenario público y natural para el avance del conocimiento humano.

Su misión emana desde la misma concepción de su espíritu universitas, comprendida como el centro de los estudios mayores de ciencias y letras en los primeros años de la institución.

La investigación es la función principal por excelencia de la universidad, no adicional sino primera, no puede ser alternativa, debe ser principio de todo el ejercicio universitario.

De allí se desprenden las demás funciones, docencia y proyección social. 

¿Qué debe profesar el profesor? Sus propios descubrimientos, en plena confrontación de los conocimientos provisionales de su ciencia.

Qué mejor método de enseñanza que el asombro y el descubrimiento del estudiante, guiado por el profesor.

Qué más proyección que aportar a la sociedad nuevas soluciones a los problemas del desconocimiento, con un sentido crítico y humano de la realidad social.

Y el escenario propio de estas funciones es la universidad, y en ella, para el desarrollo pleno de éstas, los estudios de doctorado, nivel máximo de la educación donde se procura el saber pleno en una ciencia o un campo específicos, a través de la suficiencia investigativa evidenciada en los aportes a ese mismo conocimiento, desde las nuevas teorías explicativas, de comprobación o de comprensión.

El camino para lograr este espacio se inicia en la conformación de grupos de investigación, como unidades motoras dialogantes y partícipes de los debates.

Y por medio de confrontaciones con las nuevas teorías sobre su objeto de estudio, en la búsqueda de la validación universal de sus tesis por la comunidad científica, inherente a su saber.

Adicionalmente, el grupo debe gestionar el ágora de la confrontación, donde los iniciados desarrollen sus propios hábitos investigativos, propiciando la prolongación de la línea de estudio y auspiciando el avance de la ciencia.

Este espacio es el curso de doctorado. Sin el curso de doctorado, los grupos podrían ser temporales y endógenos, contrarios a su propia naturaleza.

En nuestro país, este 'deber ser' es incipiente y
desarticulado, a mi modo de ver, por la mínima oferta de cursos de doctorado.

En Colombia existen 73 instituciones reconocidas como universidades por el Ministerio de Educación Nacional, de acuerdo con el  Snies, con 3.888 programas de pregrado activos, 4.111 especializaciones y 425 maestrías.

Podríamos suponer algunas hipótesis explicativas de la ausencia de doctorados.

Esta se constituye en la primera, la evidente prioridad que han dado las universidades a la creación de programas de pregrado y de especializaciones, donde se concentra la gran parte de los recursos financieros y humanos de la institución. 

Esta situación suscita una equivocada interpretación del ejercicio de la investigación científica en la mayoría de las universidades colombianas, toda vez que se ha querido delegar en estos niveles de formación superior la responsabilidad de la producción de conocimiento, mediante la llamada investigación formativa, que procura la formación de hábitos de investigación en el profesional, y la cual sólo arroja productos monográficos carentes de recomendación y referencia bibliográfica en sí mismos.

Este fenómeno ha distraído sustancialmente al profesor universitario, porque su potencial investigativo ha estado concentrado en la dirección o asesoría de los estudios monográficos de los estudiantes, restando su verdadero potencial de investigador, más aun si consideramos que en Colombia solamente se registran 1.316 profesores con título de doctor adscritos a las universidades, potenciales sujetos de autoridad investigativa; por tanto, la situación se vislumbra más critica.

En segundo lugar, el equívoco del modelo de transición ascendente de un programa a otro, utilizado por la mayoría de universidades, a saber, del pregrado a la especialización, de ésta a la maestría y de ella al doctorado, todo a través de la maduración de la investigación.

Equívoco, porque es el grupo de investigación el que debe generar el curso de doctorado, una vez madura su producción.

En este sentido, la investigación debe ordenar los PEIs y los Planes de Desarrollo Institucional desde el número de doctorados que se ofrecen.

De acuerdo con esta postura, no tiene cabida el argumento de país económicamente pobre como causalidad  de la incipiente cultura investigativa.

Está demostrado que la investigación es uno de los motores del desarrollo; sin su presencia,  puede ser uno de sus mayores frenos.

Es claro que el trabajo y el resultado positivo de impulsar la investigación desde la intervención del Estado colombiano es una política originada por la misma ausencia del ejercicio natural de las universidades.

Si no se investiga por naturalidad, se debe investigar por imposición: está en juego el desarrollo del país.

El compromiso y la responsabilidad social de las universidades con el desarrollo no se suplen únicamente formando profesionales y especialistas, se requiere formar investigadores doctos, que impulsen la economía desde la promoción y la gestión del conocimiento.

Se requiere formar investigadores doctos, que impulsen la economía desde la promoción y la gestión del
conocimiento.

De acuerdo con el Sistema Nacional de Información
de la Educación Superior, existen en Colombia 66 Programas de Doctorado.

Redacción Daniel F. López J. *

*Comunicador Social y Periodista de la Universidad de La Sabana, candidato al doctorado sobre Sociedad de la Información y Sociedad del Conocimiento en la Universidad Oberta, de Cataluña. Máster en Evaluación del Impacto Ambiental. Especialista en Periodismo Económico de la Universidad de La Sabana, donde actualmente ejerce como Investigador del Observatorio de Medios y del Centro de Investigaciones en Comunicación Organizacional. Docente del Área de Comunicación Pública.

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